Esto es lo que me gusta pensar, a mí y a mi ignorante. ¿Por qué nombrar algo con una palabra? La mayoría de la gente lo hace porque piensa que los significados y connotaciones que ya tiene esa palabra se aplican bien al concepto que se nombra. Veo a tu citado Grothendieck como un estricto practicante, y de hecho un maestro, de este estilo de nombrar: piensa en "etale", "cristalino", "topos"...
Sin embargo, este punto de vista ignora un aspecto importante del proceso de nombramiento: su bidireccionalidad. Una vez que se nombra algo con una palabra, ésta cambia para siempre en sus significados, connotaciones, uso y presencia cultural, por el simple hecho de estar unida a esa cosa a la que antes no estaba unida. Es decir, es posible ver el acto de nombrar no como la aplicación de una palabra a un objeto, sino como la aplicación de un objeto a una palabra.
Llegando a las gavillas perversas, la cuestión era por qué unos objetos tan "bellos" y "bien portados" merecían el nombre de perversos. Ciertamente, desde la perspectiva de Grothendieck sobre la denominación esto parece una parodia; pero desde la segunda perspectiva tiene todo el sentido del mundo: ¿qué mejor para suavizar la dura y peyorativa palabra "perverso", al menos en ciertos círculos (matemáticos), que aplicarla a objetos tan fantásticos?
Considero que nombrar gavillas perversas es un acto brillante y subversivo.